Y no fue un médico cualquiera. Llegó a fundar y dirigir el Dispensario Antituberculoso de Huelva, una labor que, en su contexto, tenía casi un carácter heroico. Pero, al mismo tiempo, latía en él otra vocación, más silenciosa pero igual de intensa: la literatura.
De modernista a vanguardista: un viaje poético
Sus primeros libros —El poema de mis sueños (1912), Del bien y del mal (1913) y Nácares (1916)— lo sitúan claramente en el modernismo. Hay en ellos una sensibilidad refinada, estética, incluso algo melancólica. Pero Buendía no se quedó ahí.
Con La rueda de color (1923), da un giro decisivo hacia la vanguardia, acercándose al ultraísmo. Y aquí ocurre algo fascinante: entra en contacto con Fernando Pessoa. No solo eso, sino que se convierte en su primer traductor al español. Pessoa, que no era precisamente dado a entusiasmos fáciles, quedó impresionado por su obra.
Hay algo casi mágico en esa conexión: un poeta portugués que ve en un onubense una sensibilidad oriental, delicada, casi japonesa. Como si Huelva, abierta al Atlántico, fuera ya un puente hacia otros mundos.
Un agitador cultural en Huelva
Pero Buendía no fue solo autor, sino también motor cultural. Dirigió revistas como Renacimiento y Centauro, y colaboró en publicaciones clave de la vanguardia española: Grecia, Ultra, Horizonte, Alfar…
En 1927, en pleno clima de efervescencia intelectual —el mismo año simbólico de la Generación del 27— participa en la creación de Papel de Aleluyas. No estaba en el centro madrileño del movimiento, pero sí en su periferia más viva, más libre.
Su poesía evoluciona entonces hacia una mezcla muy sugerente: lo neopopular, lo gongorino, incluso ciertos ecos surrealistas en Naufragio en tres cuerdas de guitarra.
El silencio tras la guerra
Y, sin embargo, llega la ruptura.
Tras la Guerra Civil, Buendía es desposeído de sus cargos. Como tantos otros, queda apartado. Sigue escribiendo, sí, pero ya desde un lugar más discreto, casi íntimo. Publica en revistas, pero no vuelve a editar libros.
Hay en esta etapa una poesía más sencilla, más cercana, incluso con tintes costumbristas y sentimentales. Menos experimental, quizá, pero también más humana.
Desde 1946 ejerce como médico en Elche hasta su jubilación. Una vida aparentemente tranquila… aunque uno sospecha que por dentro seguía escribiendo versos que apenas verían la luz.
Un poeta en los márgenes de la memoria
Murió en Madrid en 1969, lejos de su Huelva natal. Y aunque su nombre aparece en la historia de la Generación del 27, lo hace en un segundo plano.
Pero quizá ahí esté precisamente su interés.
Rogelio Buendía no fue un poeta de foco, sino de frontera. Entre ciencia y arte, entre modernismo y vanguardia, entre reconocimiento y olvido. Su obra, dispersa en libros y revistas, sigue esperando lectores que la redescubran con calma.
Porque, al final, hay autores que no buscan deslumbrar… sino permanecer, silenciosamente, en quien los encuentra.
